Hoy no voy a hablaros de
¿Cuantas veces habéis tenido a alguien al lado a quien pensabais que tendríais siempre? Y de pronto, ya no está. Y estas sola, SOLA. Por completo.
Y te asusta, y te da miedo.
Porque no sabes que vas a hacer, hacia donde vas a tirar.
Porque tratas de buscar apoyo en algún amigo y te das cuenta de que nadie está, de que no tienes ninguno, al menos, a quien puedas contarle tus secretos más íntimos.
¿Y entonces?
Piensas que quizás lo mejor es salir a despejarte, a dar un paseo, pero.. ¿sola?
Si no, ¿que haces? Llamas a una de tus amigas a la que hace meses que no ves, y le dices, mira me alejé del mundo y ahora quiero recuperarlo. No, no puedes, porque ya es tarde, y porque de todos modos ella no entendería tus problemas.
No podrías contarle que has roto con tu novio porque ya no te aguanta más, porque estas
Porque no lo entendería.
Porque cualquier persona en su sano juicio pensaría que estoy loca, que estoy enferma.
Que la vida va más allá de la apariencia, del peso, de la imagen.
Y que nunca podre ser feliz si no dejo de compararme con quien tengo al lado.
El problema es cuando no puedes dejar de hacerlo, cuando ya es instinto, cuando ya va contigo.
Y porque todo esto empezó hace unos tres años y algunos meses, cuando decidí dejar de comer, cuando decidí que seria mejor apartarme de mis amigas de entonces porque saliendo con ellas seguro que comeríamos algo, tomaríamos un café o saldríamos a cenar.
Cuando me importaba más el que pensarán de mi, que lo que verdaderamente importa.
Cuando decidí castigarme físicamente por primera vez, los primeros arañazos, los primeros cortes.
Y ahora, a veces, te preguntas a ti misma si realmente valió la pena, si sacaste algo en limpio, si mereció la pena perder tantas cosas para ganar tan poco.